El Mony de Apollinaire

En Las once mil vergas Apollinaire asegura que a Mony le excitan las fantasías funambulescas, quiere mujeres, cuenta que alguna vez persiguió una ninfa en los bosques susurrantes hasta que su miembro endureció de repente y la ensartó tres veces. De cómo estuvo que hable mejor lo siguiente: mis testículos se bambolearon como frutos pesados y ella alcanzó una posición imposible para una europea.

Aun así, Mony continuó buscando la canasta y, como turbado, dijo, apenas antes de perder la paciencia:

--En fin, ¿es esto un burdel o un asilo?

Pero no hubo respuesta, los dioses las estaban protegiendo.

Entonces Mony se emborrachó durante veinte días.

Cuando despertó, preguntó si acaso habían llegado las japonesas.

Este chico de Valle Escondido, diría Girondo, tiene los ojos dulces, como las almendras azucaradas de la confitería Sur de Valdivia, y usa un moño de seda que le liba las nalgas en un aleteo de mariposa. Aquí, el moño, lamentablemente, no se ve, un asunto de perspectiva.

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